La Empusa pennata es un insecto de la familia Empusidae, típico de zonas cálidas y secas del mediterráneo, y una de las mantis más exótica de Europa. Es carnívoro, y suele verse con los primeros calores entre piedras y plantas inmóvil esperando a su presa.
domingo, 27 de junio de 2010
El Diablillo
La Empusa pennata es un insecto de la familia Empusidae, típico de zonas cálidas y secas del mediterráneo, y una de las mantis más exótica de Europa. Es carnívoro, y suele verse con los primeros calores entre piedras y plantas inmóvil esperando a su presa.
Los tarajales del Guadajoz
En una lista de árboles singulares de nuestro entorno, podríamos empezar con los ya incluidos en otros inventarios o listas similares. En Baena, el catálogo de árboles y arboledas singulares de la Provincia, incluye el taraje de mayor grosor de tronco de Córdoba, y uno de los de mayor cuerda de España. Se trata del taraje del Vado de las Estacas en el Guadajoz, a unos 10 km de Albendín.
Quizás no existan muchos tarajes de más de 4 metros de perímetro como el del que se comenta, pero en los tarajes de Albendín es fácil encontrarse con pies de más de 9 metros formando parte de un soto espeso en algunos tramos, y en otros aclarado por el pastoreo y paso del ganado.
El taraje es un árbol autóctono de la familia Tamaricáceas, y una de las especies más importantes de los sotos del Guadajoz en Albendín. Hoy cualquier intervención de corta, poda o arranque de uno de estos árboles está sujeta a la autorización correspondiente y en su caso a sanción. No es este tema nuevo. Ya en las ordenanzas de la Villa de Baena (siglos XV y XVI) se recogía la prohibición de cortar álamos, fresnos y taraes.
Existen varias especies de taraje. El del Vado de la Estacas y la mayoría de los tarajes que hoy vemos en el Guadajoz pertenecen a la especie Tamarix canariensis o taraje rojo. Todavía quedan algunos pies de taraje negro (T. africana) dispersos en el soto, aunque es bastante difícil diferenciarlo del taraje rojo. Algunos matices del color de la corteza o la floración son detalles que nos resulta algo complicados de ver. Sin embargo no era así para muchos de nuestro mayores que en base a la mayor flexibilidad del taraje negro construían escobas, cortaeras e incluso cangilones para las norias del Guadajoz.
Hoy en ausencia de otras formaciones boscosas (alcornocales, alamedas, fresnedas,…), el tarajal queda como la única formación forestal de nuestro entorno. Junto con algunos con otras especies de ribera forman parte de uno de los pocos ecosistemas naturales que perduran en Albendín. En nuestras manos queda transmitir a próximas generaciones este patrimonio natural.
jueves, 3 de junio de 2010
Albendín, 1950-2000
En 1950, la población de Albendín se reparte entre el núcleo principal de población, los cortijos y las huertas. Estos tres elementos conforman un hábitat rural disperso característico de la época y de otras poblaciones cercanas que desaparece con el desarrollo tecnológico, la mejora de la capacidad de transporte y movilidad y la existencia de nuevas actividades. Los cortijos asociados al cultivo del cereal, la vid o el olivar, pierden su capacidad de residencia, explotación y producción, se abandonan y se convierten ahora en ruinas, almacenes o naves agrícolas.
Las huertas, pierden también su capacidad de residencia estacional, contenidos y sobre toda una alta diversidad de cultivos y especies de fauna asociada, y quedan relegadas al autoabastecimiento con un envejecimiento general de sus propietarios.

Respecto a los usos del suelo, la aparición de un nuevo marco europeo promueve cambios de cultivos bajo la dependencia de las subvenciones y primas de la PAC. Los sistemas de secano tradicionales (cereal, girasol) pierden espacio a favor del olivar que se extiende a zonas más bajas, llegando incluso a sustituir huertas ya vacías de todo contenido social y ambiental.

En estos cincuenta años se mejoran las infraestructuras. La red viaria compuesta de caminos, veredas y vías pecuarias se endurece, se construyen puentes y nuevas carreteras que rompen la organización natural de la red de drenaje, favorecen la escorrentía, provocan erosión y en muchas ocasiones, inundaciones. Las infraestructuras tradicionales de captación, las norias, aceñas y azuas, desaparecen perdiendo un rico patrimonio histórico, social, ambiental, y, posiblemente, económico. También el sistema tradicional de reparto o distribución, la red de acequias desaparece, así como lo hacen también los árboles frutales que mantenían su estructura de tierra y que cobijaban una rica fauna. Sin duda ahora el uso del agua en estas zonas es más eficiente, pero el precio que hemos pagado es irrecuperable, la pérdida de la biodiversidad.


Durante estos 50 años hemos ganado en calidad de vida, tenemos más y mejores viviendas y servicios, tierras, carreteras y puentes. Sacamos más partido al suelo, controlamos el agua, erradicamos plagas y alimañas. Sin embargo, hemos perdido tradiciones y lugares en torno al río, cucañas, baños y peces; álamos, fresnos y mimbres; y así el propio río, parte importante de la historia, sentido y futuro de Albendín.